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Red de conservación de la Biodiversidad
en República Dominicana

Hoy murió un Charrán

Parque Nacional Sierra de Bahoruco, Puerto Escondido, República Dominicana, César Abrill

Una mañana del 26 de Agosto del 2012, dos pobladores de Puerto Escondido (República Dominicana) llegaron a mi puerta algo alarmados. Una vez intercambiados los saludos, presté atención a una familiar pero a la vez desconocida imagen blanca y negra que cargaba uno de ellos. Se trataba de un ave conocida localmente como Charrán Monja (Sterna anaethetus), con su pico delgado y aguzado, las suaves plumas distintivas de toda ave marina y su particular cola ahorquillada. Sus negros ojos habían perdido el brillo de esa fuerza y voluntad que sólo un ave que es capaz de enfrentar al océano posee, pero su estoico carácter se traslucía a través de sus plumas. Sin embargo, lucía a su vez como el último guerrero de una batalla perdida, como aquel héroe que espera la muerte como parte de la vida.

 

Apenas recibí a la bella criatura, me apremié en revisarla para intentar aliviar su mal pero, su estado general mostraba el desgaste de la lucha y el agotamiento por la falta de alimento. Despedí a los pobladores dándoles las gracias por traerme al ave pensando en que podría ayudarla y al mismo tiempo comentándoles que su suerte probablemente ya estaba echada.

 

De regreso a la casa, preparé una caja donde colocarla y que, con cierto grado de oscuridad, pudiera brindarle un poco de reposo. Guardando aún esperanzas de su recuperación. Desafortunadamente, mis esfuerzos fueron en vano y una hora mas tarde nuestro valiente Charrán dejó este mundo.

Me pregunté como este ave marina llegó hasta las montañas donde me encuentro y aunque la respuesta era deducible (los vientos huracanados de la tormenta desviaron su rumbo y lo empujaron hasta este lugar), me dio la oportunidad de ponerme a pensar en otras causas que pudieran haber agravado su situación y lo hubieran conducido a tan fatídico destino. Como hombre de ciencia, elaboré una hipótesis de cómo fue que todo sucedió:

 

El Charrán se encontraba en altamar buscando alimento y tal vez fue un día difícil o con muy poca suerte. Movido por la necesidad de alimentarse, acaso porque no pudo hacerlo bien los días previos o porque tenía un pichón que alimentar esperando por él, concentrado completamente en realizar esta tarea de sobrevivir, no prestó mayor atención al cambio (inicialmente) sutil del clima. Para cuando advirtió el inminente peligro, ya se encontraba atrapado en los fuertes vientos.

 

Arrancado de su hogar, quedó a merced de los caprichos de la tormenta, empujado hacia el norte por varias horas, tal vez, por dos o tres días, sin poder alimentarse y completamente desorientado. Confundido y con la desesperación de regresar a territorio conocido, a medida que se alejaba de la tormenta, divisó unos leves brillos que podría utilizar para orientarse (muchas de las aves marinas son mas activas de noche y es cuando vuelan grandes distancias, adentrándose en altamar para alimentarse, utilizando las estrellas como principal medio de navegación). Agotado por la lucha contra este Titán de la Naturaleza, su instinto le decía que mientras más se acercara a estas “estrellas” podría alejarse de la tormenta y encontrar, guiado por ellas, un camino a casa.

 

Mientras aleteaba con fuerza para zafarse del manto de la tormenta, con la mirada fija en ese espejismo que podría salvarlo, repentinamente, un muro invisible lo golpeó con fuerza derribándolo y enviándolo a tierra. Una vez recuperado del golpe, se halló en un lugar abierto, con “estrellas” por todos lados. Intentó fijar la mirada en el “muro” que lo detuvo tan abruptamente, pero aún así fue muy difícil distinguirlo (se trataba del cableado eléctrico y las antenas de comunicación). Totalmente agotado, en un lugar muy extraño, sintiendo que lo abandonaban sus últimas fuerzas, sin más opción que esperar a que la Madre Naturaleza lo recogiera y volviera a ser parte del todo.

 

Tal vez pasaron ante él los momentos de su vida, tal vez lo embriagó la resignación mientras que un trago de amarga saliva resbalaba por su garganta encarnando la impotencia de no haber podido cumplir su misión, preguntándose si su nidada sobreviviría sin él y viendo como su propio destino se escapaba como la arena que se llevaba la brisa. Resignado a suerte, esperó el momento inevitable. Apartado ya completamente de esa ilusión que conocemos como vida, vio dos sombras que lo recogían y lo entregaban a otra, y esta última lo colocaba cuidadosamente en un refugio donde podría finalmente, después del largo viaje, descansar.

 

Sin embargo, no pudo imaginarse que su existencia significaría tanto para un individuo de otra especie (acaso la especie responsable de que su vida haya sido tan dura y su muerte tan repentina, sintiendo este individuo, la necesidad de advertir a sus semejantes de la presión de su especie sobre otros seres vivos), como para que decida relatar el momento de su encuentro, inmortalizándolo de esta manera.

 

A modo de reflexión:
Cuando terminé de escribir el posible desenlace de los hechos, pensé que era sólo una historia de un ave, pero, ¿te imaginas cuántas otras hay por contar?

 

Y más importante, ¿qué podrías hacer para ayudar y no lo haces?

 

La única forma de proteger la naturaleza, que nos brinda beneficios a TODOS (agua, aire, alimentos, vivienda, paisajes, diversión…), en otras palabras, nos brinda la posibilidad de VIVIR, es que TODOS hagamos algo al respecto … también está en tus manos …

 

 

Por: Anónimo (no verificado)